En el Centro de rehabilitación Social de Mujeres de Cuenca, muchas cosas se viven día a día y en medio de risas, llantos, sueños y promesas muchas historias interesantes salieron del taller de cuento que se dicto dentro del proyecto las prosas presas.
Ponemos a su disposición los dos primeros cuentos y les invitamos a disfrutar de una literatura diferente que es preciso validarle tanto en su valor literario como en su valor social y vivencial
El amor en el corazón aventurero
Había un hombre muy apuesto, de corazón bastante aventurero, era un hombre sincero y bueno, pero tenía una terrible soledad guardada en su interior y una falta de amor que le angustiaba. A pesar de sus incontables enamoramientos, correspondidos muchas veces, de los que pronto se decepcionaba, nunca había encontrado una pareja estable y su soledad aumentaba cada día más. Cuando se entregó por completo a la vida bohemia, cansado de buscar la realización de sus ilusiones, por casualidad, un día conoció una mujer tan aventurera y extrovertida como él que sólo con el brillo de sus ojos le delató la belleza de un corazón humilde. La mujer se negó a sus proposiciones amorosas y pronto él se encontró haciendo las locuras más extraordinarias para conquistarla y ella para rechazarlas.
Tiempo después, él empezó a parecérsele más a ella y ella a él. Un día descubrieron que lo complementario para ser felices no era lo opuesto de sus vidas aventureras, sino lo opuesto del corazón. Así se dio ese amor.
AM
La desherencia
Los hijos de Lorenzo Alvarado crecieron sólo con el sustento de su madre. A los cinco y seis años de edad, respectivamente, ellos fueron reconocidos con el apellido Alvarado, pero el vivir diario siempre fue proveído por una madre alcanzada. Pasaron los años y el padre contrajo compromiso una mujer, también necesitada, en quien procreó su tercer hijo. A éste, desde su nacimiento, le dio el apellido Alvarado, pero nunca el sustento. A los pocos días de haber nacido, abandonó a la mujer y al niño en la completa miseria. Se retiró a vivir en un extenso campo que había heredado de su padre. Ahí envejeció con la única compañía de un peón, a quien rara vez dirigió la palabra. Un día, arrastrándose con atroces dolores, fue a ver al médico del pueblo de quien recibió la noticia, tenía leucemia. Más enfermo y cerca de morir, el peón empezó a tener miedo de los gritos desgarradores que emitía el viejo, decidió entonces abandonarle, pues temía que la muerte viniera en forma de persona a recoger a un hombre condenado. Entonces Lorenzo Alvarado hizo por primera vez un acto de solidaridad desesperada: regaló todas sus tierras al peón a cambio de que éste le acompañe en el momento de morir. El peón dudó al principio, pero dada la enorme cantidad de tierra que recibiría, se convenció más fácilmente. Lorenzo Alvarado falleció con los ojos abiertos, el peón no quiso tocarlos. Se enterró en el cementerio parroquial, casi no había gente, dos vecinos a lo mucho y los tres deudos que fumaron tabaco y echaron las colillas en la tierra donde quedaba el padre que los desheredó.
AM
lunes, 7 de junio de 2010
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